Comprender que los demás tienen pensamientos, emociones y conocimientos distintos a los propios no es automático ni innato. Es una capacidad compleja, que se construye desde los primeros meses de vida, evoluciona durante la infancia y resulta esencial para la vida social, emocional, escolar y laboral.
El desarrollo de la teoría de la mente en TEA, cuando no sigue el curso esperado, puede dar lugar a dificultades que van mucho más allá de “llevarse bien con los demás”: problemas para jugar de forma compartida, malentendidos constantes, reacciones desajustadas, aparente falta de empatía, rigidez en las interacciones.
En este artículo explicaremos qué son y cómo se desarrollan los tres niveles, diferentes pero interrelacionados, que sustentan esa capacidad:
- la intersubjetividad,
- las habilidades mentalistas,
- y la teoría de la mente.
Estos tres niveles son fundamentales para comprender cómo se desarrolla la teoría de la mente en TEA, especialmente en contextos donde el desarrollo no sigue el patrón esperado.
Tres conceptos relacionados, pero no equivalentes
Aunque a menudo se usan como sinónimos, intersubjetividad, habilidades mentalistas y teoría de la mente no son lo mismo. Entender la diferencia permite detectar con mayor precisión las dificultades y orientar mejor la intervención.
- Intersubjetividad: es la capacidad básica de reconocer al otro como un agente activo, con intención, atención y emociones. Se expresa desde los primeros meses mediante la atención compartida, la imitación, la sonrisa social o la búsqueda de regulación afectiva. No implica aún comprender lo que el otro piensa, pero sí que hay un otro con quien se comparte una experiencia.
Un bebé de cuatro meses está tumbado en su manta. Su madre se inclina hacia él y le dice “¡Hola, cariño!” con una entonación afectiva. El bebé la mira directamente a los ojos, sonríe, y emite un pequeño sonido gutural. Cuando la madre repite el saludo, el bebé vuelve a vocalizar y mueve brazos y piernas. - Habilidades mentalistas: son las capacidades cognitivas específicas que permiten atribuir estados mentales a uno mismo y a los demás: deseos, creencias, intenciones, conocimientos. Es decir, son el conjunto de habilidades necesarias para interpretar conductas como manifestaciones de lo que alguien piensa o siente.
Una niña de dos años ve cómo su hermano intenta alcanzar un coche de juguete que está fuera de su alcance. Sin que nadie se lo pida, ella se lo acerca. - Teoría de la mente (ToM): es el constructo global que integra y organiza las habilidades mentalistas. Implica comprender que las personas tienen mente propia, que esa mente contiene representaciones que pueden ser verdaderas o falsas, iguales o diferentes a las propias, y que esas representaciones guían la conducta.
Supone un nivel de abstracción mayor y puede evaluarse a partir de los 4 años con tareas estandarizadas.
Un niño observa cómo su hermana guarda un muñeco dentro de una caja roja y sale de la habitación. Mientras ella está fuera, su madre cambia el muñeco a una caja azul. Cuando se le pregunta al niño: “¿Dónde va a buscar su hermana el muñeco cuando vuelva?”, responde: “En la caja roja”.
En resumen:
- La intersubjetividad permite conectar con el otro.
- Las habilidades mentalistas permiten interpretar lo que el otro piensa o siente.
- La teoría de la mente permite integrar y coordinar esa comprensión de forma flexible y generalizada.
¿Qué es la intersubjetividad?
El desarrollo de la teoría de la mente no es automático ni aparece de golpe. Su desarrollo se apoya en una capacidad más básica y temprana: la intersubjetividad, es decir, la conciencia del otro como sujeto con intencionalidad propia.
Distinguimos dos niveles:
- Intersubjetividad primaria (0–6 meses): el bebé responde a la mirada, la voz y las expresiones del adulto. Hay turnos básicos, sonrisa social, regulación afectiva compartida.
- Intersubjetividad secundaria (9–12 meses en adelante): el niño dirige la atención del adulto hacia un objeto externo, señala para compartir, sigue la mirada del otro, busca triángulos interactivos.
Este paso —del vínculo emocional al acto compartido— es el pilar sobre el que se construye la atribución de estados mentales.
¿Qué son las habilidades mentalistas y cómo se desarrollan?
Las habilidades mentalistas son los recursos cognitivos que permiten inferir estados mentales en uno mismo y en los demás: deseos, intenciones, percepciones, conocimientos, emociones, creencias. No aparecen de forma repentina, sino que se construyen progresivamente en el contexto de la interacción social y requieren la convergencia de múltiples capacidades: atención conjunta, simbolización, lenguaje, memoria de trabajo y flexibilidad cognitiva.
Estas funciones cognitivas están estrechamente vinculadas al desarrollo progresivo de la teoría de la mente en TEA, ya que determinan cómo el niño interpreta e integra la información social.
Aunque las edades pueden variar, el desarrollo típico de estas habilidades sigue un patrón bastante consistente:
De los deseos a las creencias: una secuencia progresiva
- 18–24 meses: comienzan a aparecer las primeras referencias espontáneas a deseos (“yo quiero”, “mamá no quiere”) y emociones simples asociadas a lo inmediato (“está contento”, “llora”).
- 2–3 años: el niño empieza a comprender que otras personas pueden tener deseos distintos a los propios, y que esos deseos explican lo que hacen. También empieza a usar verbos mentales básicos (“sabe”, “piensa”) en contextos concretos, aunque no siempre comprenda su alcance.
- 3 años: surge la capacidad de comprender que alguien puede tener una creencia verdadera o falsa en función de lo que ha visto u oído. Esto supone reconocer que el conocimiento no es compartido automáticamente: cada persona accede a la información de forma distinta.
Aquí es donde muchos niños con TEA muestran signos claros de dificultad.
Ante una pregunta como “¿Tú sabes qué ha comido papá?”, muchos niños con desarrollo típico responden “No lo sé. Yo no estaba”.
Sin embargo, un niño con TEA puede responder afirmativamente —o quedarse en blanco— porque no comprende que el saber o no saber depende de la experiencia perceptiva y la comunicación previa.
Del mismo modo, no siempre comprenden que papá o mamá no pueden saber lo que ha pasado en el colegio si nadie se lo ha contado. Estos errores no son anecdóticos: reflejan un fallo en la atribución de lo que el otro sabe o no sabe.
Comprensión emocional y causalidad mental
Entre los 3 y 5 años, las habilidades mentalistas se amplían:
- El niño empieza a explicar las acciones ajenas en función de emociones o creencias (“se escondió porque tenía miedo”, “lo rompió porque pensaba que era suyo”).
- Aparecen inferencias sobre emociones ocultas o fingidas.
- Se amplía el uso del lenguaje mentalista: creer, recordar, imaginar, olvidar, soñar…
- Comienza la capacidad de comprender que una persona puede tener una representación errónea del mundo, y actuar en consecuencia.
Pero en muchos casos, las habilidades mentalistas se desarrollan más tarde, aparecen de forma incompleta o mecánica, o no se generalizan al contexto natural – a pesar de dar respuestas correctas en tareas dirigidas- .
Esto puede deberse tanto a alteraciones del neurodesarrollo como a una experiencia social limitada o poco significativa durante los primeros años.
¿Qué es la teoría de la mente y cómo evoluciona?
Atribuir a los demás pensamientos, creencias o intenciones no es un acto aislado. Es el resultado de una arquitectura mental compleja que permite entender que las personas tienen mente propia, que esa mente contiene representaciones del mundo, y que esas representaciones —sean verdaderas o no— explican su conducta. A este conjunto organizado de competencias lo llamamos teoría de la mente (ToM).
La ToM es, por tanto, el sistema cognitivo global que coordina y articula las habilidades mentalistas individuales (como inferir deseos, deducir conocimientos, identificar creencias o reconocer emociones no expresadas) y permite utilizarlas de manera flexible, espontánea y contextualizada.
No se trata solo de saber que alguien puede creer algo distinto a lo que yo creo, sino de poder inferirlo, sostenerlo en la memoria de trabajo, compararlo con la realidad, y predecir en función de ello qué hará esa persona.
¿Cuándo se empieza a observar?
Aunque algunos componentes precoces aparecen antes, se considera que el desarrollo de una teoría de la mente funcional emerge hacia los 4 años de edad, momento en que muchos niños ya son capaces de:
- comprender que otra persona puede tener una creencia falsa (“pensaba que había caramelos en la caja, pero no los hay”),
- usar esa información para anticipar la conducta del otro,
- y diferenciar su propio conocimiento del conocimiento ajeno.
Más adelante, entre los 6 y 8 años, los niños adquieren un nivel más avanzado conocido como ToM de segundo orden, que implica coordinar dos niveles de representación mental:
“Yo creo que ella piensa que él no sabe que…”.
Aunque estos hitos del desarrollo social parecen conductas observables —una sonrisa compartida, un gesto de mostrar, una pregunta sobre lo que otro piensa—, no ocurren por azar. Todas estas capacidades, desde la intersubjetividad hasta la teoría de la mente, dependen de la maduración progresiva de determinadas áreas cerebrales. Su desarrollo biológico ocurre antes o en paralelo a la aparición de los hitos evolutivos visibles, y marca el ritmo con el que el niño podrá interpretar e interactuar con las mentes ajenas.
¿Qué ocurre en los niños con TEA?
En muchos niños con TEA, el desarrollo de la Teoría de la mente en TEA y sus precursores es atípico. Algunos presentan una ausencia clara de ToM básica (no comprenden las creencias simples), mientras que otros pueden pasar tareas estructuradas en ambientes controlados, pero fallan en la aplicación espontánea y contextualizada de esas mismas habilidades.
Es decir, no es solo una cuestión de si tiene o no tiene teoría de la mente, sino de cuándo, cómo y en qué contextos puede utilizarla.
Además, la ToM no depende únicamente del razonamiento lógico, sino también de la capacidad de inhibir la propia perspectiva, sostener dos representaciones contradictorias, integrar claves contextuales y manejar carga emocional. Todas estas funciones pueden estar comprometidas en el TEA.
¿Por qué es tan importante?
- Porque sin una comprensión adecuada de los estados mentales ajenos, los niños tienen dificultades para:
- Participar en juegos simbólicos compartidos, donde cada participante representa un rol.
- Resolver conflictos sociales, ya que no pueden anticipar la reacción del otro ni ponerse en su lugar.
- Regular su conducta en función del contexto social, porque no comprenden cómo se perciben sus actos desde fuera.
- Comprender las normas implícitas, las intenciones no expresadas o los matices emocionales.
- Reconocer emociones complejas o fingidas, interpretar bromas o mentiras, o distinguir entre lo que alguien dice y lo que realmente piensa.
Estas dificultades no son simples problemas de conducta: son manifestaciones de un desarrollo mentalista alterado, que no se corrige con normas, castigos ni explicaciones conductuales, sino con apoyo específico, sensible y sostenido.
Conclusión
A menudo usamos el término teoría de la mente de forma general, como si todos supiéramos exactamente a qué nos referimos. Pero no siempre es así. Comprender lo que el otro piensa, siente o sabe es el resultado de un proceso largo y gradual, que empieza mucho antes de que aparezca la palabra “creencia” o la respuesta correcta en una tarea estructurada.
Hablar de esta competencia sin conocer sus prerrequisitos —la intersubjetividad y las habilidades mentalistas— es como querer leer sin haber aprendido antes a discriminar sonidos. Y muchas veces, como profesionales, damos por sentado que las familias conocen este recorrido.
Nombrar con precisión cada una de estas etapas no es un tecnicismo: es una forma de entender mejor qué está ocurriendo, de ajustar las expectativas, y de acompañar con sentido cada paso del desarrollo.
Solo comprendiendo el recorrido completo del desarrollo de la teoría de la mente en TEA podemos ajustar mejor la intervención profesional y el acompañamiento a las familias.
Si quieres conocer enfoques prácticos para aplicar este conocimiento, puedes leer también nuestro artículo sobre modelos de intervención en autismo.

