En este artículo se emplea la expresión “autismo de alto funcionamiento en adolescentes y adultos” únicamente como término descriptivo, siguiendo su uso tradicional en la literatura científica para referirse a personas con autismo sin discapacidad intelectual y con lenguaje funcional. Aunque el término está siendo progresivamente sustituido por formulaciones más precisas —como “TEA sin grandes necesidades de apoyo” o “autismo menos visible”—, se mantiene aquí por su valor comunicativo y por su capacidad para evocar un perfil clínico que, pese a su aparente autonomía, presenta una importante vulnerabilidad social y emocional.
Si quieres entender cómo se desarrolla la capacidad de comprender a los demás desde la infancia, puedes leer nuestro artículo sobre el desarrollo de la teoría de la mente en TEA.
Una transición que pone a prueba los apoyos
En los casos de autismo de alto funcionamiento —jóvenes con inteligencia media o alta y lenguaje fluido—, la adolescencia marca un punto de inflexión.
Hasta entonces, las dificultades suelen compensarse con acompañamiento familiar, apoyos educativos y una estructura estable. Pero al llegar al instituto, esa red se diluye.
El entorno cambia y las exigencias también. Ya no basta con seguir las normas explícitas: se espera autonomía, flexibilidad, lectura del contexto social, capacidad de inferencia y regulación emocional. Y, paradójicamente, cuanto más “autónomos” parecen, menos apoyos reciben.
La frase implícita —“si ha llegado hasta aquí, ya no lo necesita”, o “si puede hacer Bachillerato, no debe ser muy autista” — es una trampa. Porque el desafío no es académico, sino social. Lo que se complica no son las matemáticas, sino la convivencia, los códigos, la interpretación del lenguaje figurado, los matices emocionales, los silencios.
La adolescencia: de pasar desapercibido a sentirse diferente
Durante la infancia, muchos niños con autismo de alto funcionamiento logran integrarse; mejor o peor consiguen hablar con alguien en los patios, en la urbanización, en el barrio… Pero en la adolescencia, la diferencia se hace más visible.
El lenguaje cotidiano se llena de ironías, eufemismos, jerga, sarcasmo, bromas que dependen del contexto.
Aparecen los intereses románticos, los grupos, las jerarquías, las salidas nocturnas, y con ellas un nuevo orden social que exige comprender matices implícitos.
El adolescente con autismo de alto funcionamiento, incluso con buen rendimiento académico, no domina esas claves. Puede parecer literal, ingenuo, o “raro”, cuando en realidad le faltan claves sociales para orientarse.
Muchos recurren al camuflaje: observan, imitan, ensayan respuestas, ajustan gestos. Pero este esfuerzo constante desgasta.
Estudios como los de Hull et al. (2017) o Cassidy et al. (2018) muestran que el masking (camuflaje social) se asocia a agotamiento emocional, ansiedad y depresión, y puede contribuir al aumento del riesgo de ideación suicida en adolescentes y adultos jóvenes autistas sin discapacidad intelectual.
Las cifras son contundentes: según metaanálisis recientes (Moseley et al., 2020; Cassidy et al., 2023), la ideación suicida afecta a más del 30 % de esta población, y los intentos alcanzan cifras en torno al 20–25 %. No por una causa biológica directa, sino por la combinación de conciencia de diferencia, incomprensión social y soledad emocional.
Etapa adulta: independencia, empleo y salud mental
La transición a la adultez añade nuevos retos para quienes presentan autismo de alto funcionamiento y han finalizado los estudios, llega la etapa de empleo, independencia y relaciones. Tres ámbitos donde los jóvenes con autismo de alto funcionamiento suelen encontrarse con barreras invisibles.
Las estadísticas internacionales son consistentes: solo un tercio de los adultos con TEA logra empleo competitivo o estudios superiores sostenidos (Howlin et al., 2013; Roux et al., 2022).
Ahora bien, conviene distinguir un perfil emergente dentro del espectro: en los últimos años ha aumentado el número de adultos que reciben un diagnóstico tardío de autismo de alto funcionamiento, muchos de ellos con trayectorias académicas y laborales estables. Es frecuente que se trate de padres o madres de niños diagnosticados, que deciden evaluarse al reconocerse en las mismas características. Este perfil, descrito por Parellada (2024) y observado también en estudios recientes (Lai et al., 2020; Crane et al., 2021), no responde al patrón clásico de dificultades de inserción, sino a un funcionamiento adaptativo sostenido a costa de un elevado esfuerzo compensatorio. Aunque mantienen empleo o estudios competitivos, refieren fatiga social, ansiedad, sobrecarga sensorial y sensación de desconexión.
El diagnóstico, en estos casos, no actúa como etiqueta limitante, sino como forma de autocomprensión y validación, que les permite reinterpretar su historia vital: conocerse, ubicarse y comprenderse mejor para, así, encontrar una forma propia de estar en el mundo.
Pero fuera de este subgrupo, en la población general de adultos con autismo de alto funcionamiento, las dificultades no radican en la capacidad técnica, sino en los aspectos sociales del trabajo: entrevistas, jerarquías, comunicación implícita, adaptación al cambio, tolerancia a la frustración, plazos de entrega…
A ello se suma que, incluso entre quienes viven de forma independiente, la satisfacción vital global es significativamente inferior a la de la población general (Van Heijst & Geurts, 2015).
En muchos casos, la soledad es elegida y tranquila; en otros, es sufrida. Pero cuando el aislamiento no es voluntario, la probabilidad de depresión aumenta de forma drástica.
Procesos de “reajuste vital”: lo que ocurre cuando cambian de entorno
Algunos jóvenes con autismo de alto funcionamiento experimentan una mejora significativa cuando se trasladan a otra ciudad para estudiar o trabajar. Algunos incluso anhelan alcanzar la mayoría de edad para poder hacerlo y comenzar una etapa independiente, lejos de las miradas que hasta entonces les han juzgado.
Este hecho no implica que el autismo desaparezca, sino que el nuevo entorno ofrece mayor libertad para definirse y menos exigencia de normalidad. En muchos casos, además, mantienen los apoyos y terapias en formato online, lo que facilita la continuidad del acompañamiento sin las limitaciones logísticas propias de la etapa escolar y permite adaptar la intervención a los intereses, ritmos y contextos reales de la vida adulta, favoreciendo así un desarrollo más autónomo y coherente con la identidad de cada persona.
Los estudios cualitativos recientes sobre independencia y cambio de residencia en adultos con TEA por ejemplo, Mason et al. 2023; ( https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC10468557/ ) o Al Ansari et al., 2024 (https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC11447388/) muestran que las mudanzas y la vida autónoma no solo implican ajustes prácticos, sino también procesos identitarios profundos: reorganización de rutinas, redefinición de apoyos y búsqueda de equilibrio entre autonomía y seguridad.
Sin embargo, esta mejoría no es automática: requiere acompañamiento adecuado, entornos flexibles y una comprensión social real. Pero en contextos rígidos o excesivamente competitivos, el resultado puede ser el opuesto: desestructuración y una soledad aún más profunda.
Diversidad de trayectorias: tolerancia, diferencia y respeto
Uno de los errores más persistentes es suponer que la adaptación o la felicidad tienen una forma única.
No todos los adolescentes, ni los adultos con o sin diagnóstico, son igual de sociables, ni lo necesitan del mismo modo.
Hay personas que disfrutan de la soledad y la viven con plenitud; otras la sufren porque desean amistad pero no logran mantenerla; y otras creen tenerla cuando, en realidad, sus vínculos son más unidireccionales o superficiales de lo que imaginan.
Todas esas formas son válidas, siempre que haya libertad y bienestar subjetivo — entendido como la vivencia personal de equilibrio, satisfacción y sentido vital—.
El enfoque de la neurodiversidad nos ayuda a entender que la diferencia no es un déficit, sino una variación legítima en la forma de percibir, comunicar y vincularse (Singer, 1999; Milton, 2012; Crompton et al., 2023).
Pero aceptar la diversidad no significa negar la vulnerabilidad; respetar no implica abandonar, porque el acompañamiento sigue siendo necesario, no para normalizar, sino para sostener.
El respeto a la diferencia no se demuestra solo aceptando diagnósticos, sino aprendiendo a aceptar formas diversas de estar en el mundo. Y aún nos queda camino.
En este punto, la reflexión de Mara Parellada (2024) en su artículo Autismo y neurodivergencia. What’s in a name? ( https://aepnya.eu/index.php/revistaaepnya/article/view/656 ) resulta especialmente relevante: la neurodiversidad “no debe borrar la clínica, sino humanizarla”.
Reconocer la pluralidad del espectro —“hay muchos autismos”— no significa diluir la especificidad diagnóstica, sino entender que cada trayectoria vital exige un tipo de acompañamiento distinto, tanto en la adolescencia como en la adultez.
Esta mirada, equilibrada y rigurosa, enlaza directamente con el propósito de este artículo: promover una cultura de respeto real, donde la diversidad de funcionamiento no se confunda con igualdad de condiciones, y donde cada persona —con o sin etiqueta— pueda construir su modo propio de bienestar.
Conclusión
La adolescencia y la vida adulta en el autismo de alto funcionamiento son etapas altamente vulnerables, pero también llenas de potencial.
No basta con intervenir en la infancia: los apoyos deben evolucionar con la persona, adaptarse a las nuevas demandas y respetar su singularidad.
Aceptar la diversidad implica reconocer que no todos los caminos conducen al mismo tipo de vida, ni tienen por qué hacerlo. En definitiva, comprender y aceptar que el bienestar subjetivo de cada persona es el verdadero objetivo: lo esencial no es encajar, sino poder elegir; no parecer “normal”, sino vivir con autenticidad y sentido.
Y eso, en última instancia, es lo que da continuidad al desarrollo: que cada persona pueda seguir creciendo sin renunciar a ser quien es.
Referencias
- Parellada, M. (2024). Autismo y neurodivergencia. What’s in a name? Revista de Psiquiatría Infanto-Juvenil, 41(3), 121–130.
- Confederación Autismo España. (2018). Empleo y Trastorno del Espectro del Autismo. “Un potencial por descubrir”. Madrid: Autismo España.
- Centro Español sobre Trastorno del Espectro del Autismo. (2024). El acceso al empleo público de las personas con autismo. Situación actual, barreras y facilitadores. Madrid: Ministerio de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030.
- Hull, L., et al. (2017). Putting on my best normal: Social camouflaging in adults with autism spectrum conditions. Journal of Autism and Developmental Disorders, 47(8), 2519–2534.
- Crompton, C. J., et al. (2023). Autistic wellbeing: A conceptual framework and recommendations for measurement. Autism, 27(5), 1261–1277.
- Milton, D. E. M. (2012). On the ontological status of autism: The “double empathy problem”. Disability & Society, 27(6), 883–887.
- Singer, J. (1999). Why can’t you be normal for once in your life? En M. Corker & S. French (eds.), Disability Discourse. Open University Press.

