El solapamiento entre TEA y TCA en chicas es una realidad clínica todavía infradetectada en salud mental infanto-juvenil.
La relación entre autismo (TEA) y trastornos de la conducta alimentaria (TCA) en chicas sigue siendo una de las áreas menos reconocidas y más complejas en salud mental infanto-juvenil.
Introducción
En los últimos años, varios equipos de psiquiatría infantil han empezado a describir con mayor detalle la coincidencia entre TEA y TCA en chicas adolescentes.
No se trata de que aumenten los casos de TCA con características autistas, sino de que los cuadros ya diagnosticados de TCA comienzan a mirarse con otra lupa.
En la práctica terapéutica, llegan con frecuencia derivaciones procedentes de unidades de psiquiatría infantil: chicas con diagnóstico inicial de anorexia nerviosa o restricción alimentaria severa que, durante su ingreso hospitalario, han sido valoradas por los equipos de salud mental y en las que se ha identificado —y en muchos casos confirmado — la presencia de un TEA o de rasgos compatibles.
En otras palabras, no es tanto que haya más casos, sino que empiezan a identificarse con mayor precisión perfiles que antes pasaban inadvertidos, en los que la rigidez cognitiva, las dificultades sensoriales o la alteración en la percepción interna del cuerpo (interocepción) no solo acompañan al trastorno alimentario, sino que pueden participar directamente en su origen y mantenimiento.
En los últimos años, además, algunos trabajos emergentes han descrito alteraciones de la microbiota intestinal tanto en anorexia nerviosa como en perfiles autistas —una posible vía fisiológica que podría influir en la regulación de la saciedad, la ansiedad y la respuesta sensorial, aunque todavía se considera una hipótesis preliminar.
El objetivo de este texto no es ofrecer respuestas cerradas, sino visibilizar una comorbilidad clínica poco explorada, con la seriedad que requiere un tema tan complejo y multifactorial, donde influyen tanto el cuerpo como la mente, la biología —incluido el eje microbioma-intestino-cerebro— y el entorno, y donde la visión de los equipos de psiquiatría infantil es clave para entender por qué a veces el autismo y los trastornos alimentarios se entrelazan.
Qué sabemos hasta ahora. Epidemiología y prevalencia
Los estudios más recientes muestran que existe una coincidencia clínica importante entre los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) y el espectro autista (TEA). Los datos actuales confirman que el vínculo entre TEA y TCA en chicas es más frecuente de lo que se había reconocido hasta ahora.
Una investigación de Parsons et al. (2023) reveló que el 17,5 % de las chicas y mujeres jóvenes con TCA fueron reconocidas por los equipos médicos como posibles casos de TEA encubierto, que hasta ese momento habían pasado inadvertidos bajo el diagnóstico principal de TCA.
Un meta-análisis de Inal-Kaleli et al. (2025), que combinó los resultados de 22 estudios con más de mil personas con anorexia nerviosa (AN), estimó que alrededor del 29 % presentan rasgos autistas clínicamente significativos. Esta proporción se mantiene estable en distintos grupos de edad y coincide con revisiones previas que la sitúan entre el 20 % y el 35 % (Kerr-Gaffney et al., 2020).
En población infantil y adolescente, Inoue et al. (2021) señaló que los rasgos autistas son especialmente frecuentes en un tipo particular de trastorno alimentario llamado ARFID (Avoidant/Restrictive Food Intake Disorder, o Trastorno de Evitación/Restricción de la Ingesta de Alimentos).
A diferencia de la anorexia nerviosa, el ARFID no se relaciona con el peso ni con la imagen corporal, sino con la aversión intensa a determinados alimentos o texturas, el miedo a atragantarse o vomitar, o la falta de interés por la comida en general.
En muchos casos, estas conductas aparecen en niñas y adolescentes con hipersensibilidad sensorial, dificultad para reconocer las señales internas de hambre o saciedad (interocepción) y necesidad de control sobre lo predecible.
Por eso, algunos perfiles de ARFID coinciden con rasgos propios del espectro autista, sobre todo en la infancia y la adolescencia.
Reconocerlo es clave: si se interpreta solo como un TCA clásico, se corre el riesgo de aplicar tratamientos centrados en el peso que no abordan el origen real del problema. De ahí la importancia de incluir cribados sistemáticos de TEA en los programas de evaluación y tratamiento de TCA pediátrico.
Pero el fenómeno también ocurre en sentido contrario: un número relevante de chicas con TEA desarrollan dificultades alimentarias, como selectividad extrema, evitación sensorial o ARFID, con prevalencias cruzadas que oscilan entre el 10% y el 15% según metaanálisis recientes (Sader, M., Vissers, M.E., & Kanske, P., 2025).
En conjunto, estos datos no implican una relación causal directa, pero sí evidencian una coincidencia de vulnerabilidades —biológicas, sensoriales y emocionales— que se manifiestan con especial intensidad en la adolescencia femenina.
Además, algunas investigaciones recientes están explorando factores biológicos adicionales, como la posible presencia de alteraciones en la microbiota intestinal tanto en anorexia nerviosa como en TEA. Aunque son estudios preliminares, sugieren que ciertos desequilibrios en el ‘ecosistema intestinal’ podrían influir en la regulación de la saciedad, el estrés o la sensibilidad corporal, añadiendo otra pieza —todavía emergente— a este rompecabezas clínico.
¿Qué podría explicar esta relación TEA y TCA en chicas?
Comprender el solapamiento entre TEA y TCA en chicas implica analizar vulnerabilidades compartidas a nivel sensorial, emocional, cognitivo e interoceptivo.
Las investigaciones más recientes coinciden en que existen varios patrones compartidos que podrían explicar este solapamiento:
- Rigidez cognitiva y dificultad en la flexibilidad mental (Tchanturia et al., 2020): en ambos trastornos se observan patrones de pensamiento dicotómico, rutinas inflexibles y resistencia a los cambios.
- Alteraciones interoceptivas y alexitimia (Adams et al., 2024): tanto en el TEA como en la anorexia se evidencian dificultades para identificar y describir las sensaciones corporales y emocionales, lo que puede traducirse en una desconexión con las señales internas de hambre o saciedad.
Algunos estudios recientes plantean que estas dificultades interoceptivas podrían estar moduladas, en parte, por ciertos desequilibrios en la microbiota intestinal, observados tanto en anorexia nerviosa como en perfiles autistas. Aunque es una línea de investigación aún preliminar, ayuda a entender por qué la percepción de las señales corporales puede alterarse en ambos casos.
- Procesamiento sensorial atípico (Saure et al., 2022; Ingrosso et al., 2024): texturas, olores y temperaturas de los alimentos pueden generar rechazo, lo que en el contexto de un TCA puede interpretarse erróneamente como fobia alimentaria o control voluntario.
Algunas investigaciones describen además que ciertos perfiles de sensibilidad sensorial podrían relacionarse con metabolitos producidos por la propia microbiota intestinal, lo que abre la puerta a comprender mejor por qué algunos estímulos alimentarios resultan especialmente aversivos en ambos cuadros.
- Necesidad de control y previsibilidad: mientras que en el TCA clásico este control suele orientarse a la imagen corporal, en el TEA responde con frecuencia a la evitación de incertidumbre y a la autorregulación sensorial.
Estos factores comunes ayudan a comprender por qué las manifestaciones pueden parecer similares —restricción, rituales, evitación— aunque las motivaciones de fondo sean distintas. A todo ello se suma que algunos estudios han comenzado a identificar pequeñas firmas biológicas compartidas —especialmente en la microbiota intestinal— que podrían contribuir a estas similitudes conductuales. Son resultados todavía exploratorios, pero refuerzan la idea de un solapamiento multifactorial.
Conviene subrayar que esta coincidencia no implica que los TCA sean una expresión del TEA, ni que el TEA prediga un trastorno alimentario. Se trata de vulnerabilidades que pueden converger en algunas adolescentes, pero cuya relación es siempre multifactorial.
En la misma línea, Ingrosso et al. (2024) demostraron en una muestra de mujeres adultas con TCA que la sensibilidad sensorial —en particular a texturas, olores y sonidos— se asocia de forma directa con la presencia de rasgos autistas y actúa como mediador entre estos y las conductas alimentarias restrictivas. Dicho de otro modo: cuanto mayor es la hipersensibilidad sensorial, mayor es la probabilidad de que aparezcan rituales, evitaciones o restricciones alimentarias, incluso en ausencia de preocupación por la imagen corporal. Esta vía sensorial constituye, por tanto, uno de los mecanismos compartidos más sólidos entre el TEA y los TCA.
Posible contribución del microbiota intestinal
Un reciente estudio exploratorio sugiere que niñas/adolescentes con anorexia nerviosa y niños con TEA comparten patrones de disbiosis intestinal —alteración en la composición y diversidad de la microbiota—, similares también a los observados en TDAH. Estos hallazgos aumentan el interés por la hipótesis de un impacto del eje microbioma-intestino-cerebro en la aparición o mantenimiento de conductas restrictivas, alteraciones en saciedad y regulación emocional en contextos de neurodivergencia.
No obstante, dado el carácter exploratorio del estudio, su reducido tamaño muestral y el hecho de que muchas alteraciones en microbiota podrían derivar de la propia
alimentación restrictiva común en TCA o en perfiles con hipersensibilidad sensorial, esta evidencia debe interpretarse con prudencia; se plantea como una vía prometedora de investigación, no como explicación definitiva.
Perfil clínico y diagnóstico diferencial
Las chicas con TEA y TCA pueden presentar un perfil menos evidente que el de los varones autistas o las pacientes con TCA “típico”.
El estudio longitudinal de Leppänen et al. (2022) aporta un dato especialmente relevante: los rasgos autistas predicen mayor malestar psicológico y peor adaptación emocional a lo largo del tratamiento de la anorexia nerviosa, aunque el índice de masa corporal no varíe significativamente. Esto sugiere que el problema central no reside tanto en el peso, sino en la forma de procesar la experiencia emocional y social. En algunos casos, esta vulnerabilidad emocional también podría verse amplificada por factores biológicos emergentes. Algunos estudios han observado que tanto en anorexia nerviosa como en perfiles autistas pueden existir desequilibrios en la microbiota intestinal asociados a mayor ansiedad o peor regulación emocional. Aunque todavía son hallazgos preliminares, ayudan a explicar por qué algunos tratamientos centrados exclusivamente en la conducta alimentaria no generan el impacto esperado.
A su vez, el análisis en red realizado por Kerr-Gaffney et al. (2020) muestra que los
síntomas puente entre ambos trastornos incluyen aislamiento social, tensión ante la mirada ajena y baja autoconfianza corporal: elementos que enlazan la ansiedad social autista con las preocupaciones corporales del TCA.
Esta superposición explica por qué algunas chicas encajan en ambos cuadros sin que uno sea consecuencia directa del otro. Este solapamiento no es solo psicológico o social: investigaciones recientes empiezan a sugerir que ciertos patrones biológicos —por ejemplo, perfiles inflamatorios o alteraciones del eje intestino-cerebro— podrían contribuir a esa vulnerabilidad compartida. No se trata de causas directas, sino de factores que pueden sumar peso en un sistema ya frágil.
Algunas características observadas en la práctica:
- Escasa preocupación explícita por el peso o la delgadez, acompañada de un fuerte malestar ante la desorganización, los cambios o las comidas imprevistas.
- Rituales rígidos (orden de los alimentos, formas de preparación, utensilios concretos) sin un componente estético evidente.
- Dificultades sensoriales marcadas (rechazo a texturas o temperaturas), más próximas a la hipersensibilidad autista que a la distorsión corporal. Estas reacciones sensoriales no siempre responden a lo psicológico; algunas investigaciones apuntan a que ciertos metabolitos intestinales pueden intensificar la aversión a olores, sabores o temperaturas, lo que podría explicar mejor por qué algunas chicas reaccionan con un rechazo tan intenso.
- Estilo social camuflado: buena adaptación superficial, hiperempatía aparente, perfeccionismo y ansiedad social; todo ello contribuye al infradiagnóstico del TEA femenino.
Distinguir entre un TCA primario y un TCA que coexiste con TEA no es trivial ni sencillo. La diferencia reside en la motivación subyacente: en el primer caso predomina la imagen corporal; en el segundo, la necesidad de control, la rigidez o la defensa ante la sobrecarga sensorial.
A esto podría añadirse, en algunos perfiles, la influencia de factores fisiológicos que afectan a la percepción corporal o la saciedad. No son determinantes por sí mismos, pero sí pueden contribuir a que ciertas chicas desarrollen patrones alimentarios más rígidos o restrictivos.
Implicaciones terapéuticas
Los modelos clásicos de intervención en TCA —centrados en la distorsión de la imagen corporal y en la exposición a la comida— suelen resultar insuficientes cuando existe un perfil autista asociado (Field et al., 2023).
En los casos de TEA y TCA en chicas, los modelos clásicos de tratamiento deben adaptarse a un perfil neurodivergente específico.
Una de las razones es que algunas chicas con TEA y TCA presentan dificultades de base —sensoriales, interoceptivas o incluso biológicas emergentes— que no se abordan en estos modelos. Por ejemplo, diversos estudios recientes han descrito desequilibrios en la microbiota intestinal relacionados con mayor ansiedad, peor regulación emocional o dificultades para percibir las señales de saciedad. Estos hallazgos no sustituyen el enfoque terapéutico clásico, pero sí refuerzan la necesidad de adaptarlo.
Algunas adaptaciones recomendadas en la literatura y aplicables en la práctica son:
- Evaluar la sensibilidad sensorial y la interocepción antes de iniciar la reeducación alimentaria.
- Considerar posibles dificultades fisiológicas asociadas: en algunos perfiles, la alteración del “ecosistema intestinal” puede intensificar la ansiedad o modificar la percepción corporal. No implica hacer pruebas específicas, pero sí tenerlo en cuenta para ajustar expectativas, ritmos y estrategias de exposición.
- Ofrecer entornos terapéuticos predecibles y con bajo estímulo sensorial (luz, ruido, olores).
- Evitar dinámicas grupales intensas si existe dificultad para interpretar claves sociales.
- Usar lenguaje claro y concreto, evitando metáforas o apelaciones emocionales abstractas.
- Incluir entrenamiento en flexibilidad cognitiva y regulación emocional como parte del tratamiento. Modelos como el PEACE Pathway (Tchanturia et al., 2020) han mostrado resultados prometedores en la atención a pacientes con TCA y TEA, reduciendo recaídas y mejorando la adherencia al tratamiento.
Los enfoques más recientes insisten en la importancia de integrar, además, elementos que ayuden a regular el cuerpo: tiempos de calma sensorial, trabajo explícito sobre la percepción interna, y ajustes progresivos que reduzcan el estrés. Algunas propuestas incluso exploran cómo ciertos patrones biológicos —como los relacionados con la microbiota intestinal— podrían influir en la reactividad emocional y sensorial, reforzando la necesidad de un abordaje realmente individualizado.
Todo ello explica por qué, incluso con un tratamiento bien planteado, algunas chicas no responden al ritmo esperado: sus necesidades sensoriales, emocionales y fisiológicas requieren un nivel de ajuste que los modelos clásicos no contemplan en profundidad.
El punto de inflexión adolescente: del control al desbordamiento sensorial
La mayoría de las investigaciones actuales no señalan una mayor prevalencia absoluta de la comorbilidad TEA–TCA en mujeres, sino una forma de presentación distinta y una edad de debut más tardía, que suele situarse entre la preadolescencia y la adolescencia temprana.
Hasta ese momento, muchas de estas chicas han pasado inadvertidas: su buena función cognitiva y sus habilidades sociales compensatorias les han permitido mantener un rendimiento académico correcto y una apariencia de adaptación. Sin embargo, la adolescencia introduce un cambio cualitativo: las normas sociales se vuelven implícitas, las relaciones más ambiguas y la autoimagen más exigente.
Ese salto en la demanda social desborda los mecanismos de compensación que antes funcionaban.
En este punto, el cuerpo puede convertirse en el único espacio de control posible.
Este patrón es especialmente frecuente en perfiles de TEA y TCA en chicas durante la adolescencia.
El acto de restringir, medir o ritualizar la alimentación no siempre responde a un deseo de delgadez: puede ser una forma de regular la ansiedad, recuperar previsibilidad o amortiguar la sobrecarga sensorial.
Si quieres profundizar en cómo se desarrolla la comprensión del otro en el autismo, puedes leer nuestro artículo sobre la teoría de la mente en TEA.
En algunos perfiles, este incremento de ansiedad o de necesidad de control puede estar influido también por cambios fisiológicos propios de la adolescencia: variaciones hormonales, mayor sensibilidad al estrés y, según investigaciones emergentes, posibles desequilibrios en la microbiota intestinal que intensifican la reactividad emocional. No son causas directas, pero sí factores que aumentan la vulnerabilidad en un momento evolutivo especialmente exigente.
Desde esta perspectiva, el control alimentario se entiende no como un fin, sino como una estrategia de autorregulación en contextos de incomprensión social o de hipersensibilidad ambiental.
Pero no todos los casos siguen este patrón.
En algunas adolescentes con TEA o rasgos autistas, el origen del TCA parece estrechamente vinculado a las dificultades sensoriales:
- Rechazo persistente a determinadas texturas o temperaturas, una reactividad sensorial que, según estudios recientes, podría verse amplificada por la forma en que el cuerpo procesa ciertos estímulos internos, incluida la actividad del propio ‘ecosistema intestinal’.
- Aversión a sabores u olores intensos,
- Sensibilidad al ruido ambiental o a la combinación de colores en el plato,
- Incluso molestias físicas al tragar líquidos o alimentos pastosos.
En esta línea, Saure et al. (2022) documentaron que las adolescentes con anorexia nerviosa —especialmente en su forma restrictiva— presentan mayor hipersensibilidad sensorial y evitación alimentaria que sus iguales neurotípicas, lo que sugiere que, en determinados perfiles, la conducta alimentaria no es una expresión de distorsión corporal, sino una respuesta adaptativa ante el malestar sensorial. La evitación de ciertas texturas, colores o sonidos del entorno de la comida pueden derivar en selectividad alimentaria extrema o evitación activa, que en el marco psiquiátrico se clasifica como ARFID (Avoidant/Restrictive Food Intake Disorder).
En estos casos, la restricción no expresa una preocupación estética, sino una defensa sensorial ante la incomodidad o el malestar corporal.
Por tanto, la relación entre TEA y TCA en chicas no puede entenderse desde una única hipótesis: en unas chicas predomina el componente de control ante la sobrecarga emocional y social; en otras, el procesamiento sensorial atípico actúa como núcleo del problema.
Ambas rutas, sin embargo, confluyen en un mismo resultado: una alimentación alterada que refleja la búsqueda de equilibrio interno frente a un entorno percibido como impredecible o excesivo. En esta etapa vital, incluso pequeños cambios en el cuerpo — alteraciones del sueño, variaciones hormonales o dificultades para regular las sensaciones internas— pueden actuar como detonantes de ese desequilibrio. Por eso, la adolescencia es un momento especialmente sensible para que aparezcan o se intensifiquen tanto los rasgos autistas como los patrones alimentarios restrictivos.
Por qué importa detectarlo a tiempo
Detectar de forma temprana el TEA y TCA en chicas permite evitar abordajes inadecuados y reducir el riesgo de cronificación.
Reconocer esta intersección de forma temprana permite:
- Evitar tratamientos inadecuados: muchas chicas con TEA y TCA no mejoran porque el abordaje no contempla su modo neurodivergente de procesar el entorno. En algunos casos, este ‘modo de procesar’ incluye no solo diferencias sensoriales o emocionales, sino también factores corporales que pueden intensificar la ansiedad o alterar la percepción interna. Si estos elementos no se reconocen, la intervención puede centrarse únicamente en la conducta alimentaria y pasar por alto el origen real del malestar.
- Mejorar la adherencia terapéutica: cuando se ajusta la intervención al perfil cognitivo y sensorial, el compromiso aumenta y las recaídas disminuyen. Esto es especialmente importante en adolescentes con alta reactividad emocional, dificultades interoceptivas o sensibilidad corporal aumentada, perfiles en los que incluso pequeños cambios en el entorno —ruido, texturas, ritmo— pueden disparar la ansiedad o el rechazo a comer.
- Favorecer diagnósticos más precisos: el ingreso hospitalario por TCA puede ser, paradójicamente, la puerta de entrada al diagnóstico de TEA, lo que amplía la comprensión del caso y la red de apoyos. Además, un diagnóstico más preciso permite diferenciar qué parte del problema es alimentaria, qué parte es sensorial o emocional, y qué parte puede estar influida por factores fisiológicos propios de la adolescencia o por vulnerabilidades emergentes, como las relacionadas con el eje intestino-cerebro. Esta diferenciación es clave para no confundir síntomas y para ajustar la intervención con mayor finura.
- Prevenir cronificación: las pacientes con rasgos autistas tienden a cursos más largos y complejos si no se reconocen las particularidades de su funcionamiento (Leppänen et al., 2022). Detectar y comprender estas particularidades desde el principio —incluyendo la forma en que procesan las sensaciones internas, las emociones y los cambios del propio cuerpo— permite intervenir antes de que la restricción alimentaria se convierta en un patrón rígido y difícil de deshacer.
Conclusión
La coexistencia entre TEA y TCA en chicas adolescentes no es una rareza, pero sigue siendo una zona gris entre especialidades. Los estudios recientes y la práctica clínica convergen en la necesidad de un abordaje interdisciplinar que combine la precisión diagnóstica de la psiquiatría infantil con la mirada educativa, neuropsicológica y sensorial de los equipos de intervención.
En algunos perfiles, este análisis interdisciplinar debe incluir también la comprensión de ciertos factores corporales que pueden influir en la regulación emocional y alimentaria, como la sensibilidad sensorial, la interocepción o incluso vulnerabilidades fisiológicas emergentes descritas en investigaciones recientes.
Detectarlo a tiempo no solo mejora el pronóstico, sino que evita que las jóvenes sean tratadas bajo modelos terapéuticos que no encajan con su manera de sentir, pensar y relacionarse.
Comprender esta intersección implica reconocer la diversidad neurológica sin reduccionismos, y adaptar los tratamientos a las necesidades reales de cada adolescente. Solo desde este enfoque completo —emocional, sensorial, cognitivo y corporal— es posible ofrecer intervenciones que respeten la diversidad neurológica y alivien realmente el sufrimiento de estas jóvenes.
Este texto no pretende ofrecer respuestas cerradas, sino abrir una línea de reflexión sobre un fenómeno clínico todavía poco explorado: la intersección entre autismo y trastornos de la conducta alimentaria en chicas.
Los equipos de psiquiatría infantil aportan una perspectiva diagnóstica esencial, y quienes trabajamos desde el ámbito psicoeducativo contribuimos con la observación fina del día a día, la comprensión sensorial y la lectura funcional del comportamiento. Ambas miradas son complementarias y necesarias para entender de forma completa la complejidad de estos casos.
La relación entre TEA y TCA en chicas obliga a replantear los modelos clásicos de evaluación y tratamiento desde una perspectiva realmente interdisciplinar.
Solo integrando lo emocional, lo cognitivo, lo sensorial y, cuando es pertinente, los factores corporales que modulan la ansiedad y la percepción interna, podemos ofrecer respuestas realmente útiles a las adolescentes y a sus familias.
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