Autonomía, habilidades sociales y vida adulta: por qué salir a comer puede convertirse en una oportunidad para observar la toma de decisiones, la adaptación al contexto y otras competencias necesarias para desenvolverse con independencia, y que hay que trabajar también con personas con autismo.
¿Salimos a comer?
La propuesta parecía sencilla. Ir a comer a un restaurante. Nada extraordinario. Una situación cotidiana que la mayoría de nosotros hemos vivido cientos de veces: entrar, sentarse, elegir un plato, pedir la comida, comer, pagar la cuenta y marcharse.
Sin embargo, una comida aparentemente normal puede poner de manifiesto hasta qué punto las actividades más cotidianas implican una enorme complejidad.
Los protagonistas de esta historia son dos chicos jóvenes con autismo, mayores de edad, estudiantes de Formación Profesional, con un buen nivel intelectual y capaces de desenvolverse adecuadamente en muchos aspectos de su vida cotidiana. Ambos pueden mantener conversaciones, desplazarse de forma autónoma y participar en numerosas actividades propias de su edad.
Pero aquella comida puso de manifiesto algo que a menudo olvidamos: la autonomía no consiste únicamente en saber hacer cosas por uno mismo. También implica saber desenvolverse en contextos sociales cambiantes, tomar decisiones, adaptarse a situaciones nuevas y comprender qué espera el entorno de nosotros en cada momento. Y pocas situaciones reúnen tantas demandas simultáneas como una comida en un restaurante.
Lo que ocurrió durante aquella comida permite reflexionar sobre una cuestión que preocupa a muchas familias, especialmente cuando existen dificultades del desarrollo o un diagnóstico de autismo:
¿Qué habilidades son realmente necesarias para desenvolverse de forma autónoma en la vida adulta?
Mucho más que elegir un plato
Nada más sentarse apareció la primera dificultad: el restaurante ofrecía un menú del día con cinco opciones de primeros platos y diez de segundos. Uno de los chicos decidió rápidamente qué quería comer. El otro, en cambio, comenzó a revisar la carta una y otra vez, leía las opciones, volvía atrás, comparaba platos, dudaba. Ninguna alternativa terminaba de convencerle. Finalmente decidió pedir un plato fuera del menú, asumiendo un coste mayor, porque era la única opción que realmente le resultaba aceptable.
A simple vista podría parecer una cuestión de gustos. Después de todo, todos tenemos preferencias alimentarias. Sin embargo, en algunas personas con autismo las decisiones relacionadas con la comida pueden implicar factores adicionales. La hiperselectividad alimentaria, la sensibilidad a determinadas texturas, olores o sabores, la necesidad de previsibilidad o la dificultad para aceptar cambios respecto a aquello que resulta familiar son aspectos relativamente frecuentes en algunas personas con TEA.
Pero más allá de la alimentación, aquella situación también ponía sobre la mesa otra cuestión importante: la toma de decisiones.
Elegir no siempre es sencillo. De hecho, para decidir hay que valorar alternativas, anticipar consecuencias, tolerar la posibilidad de equivocarse y renunciar a otras opciones posibles. Son procesos que dependen en gran medida de las funciones ejecutivas y que forman parte de las competencias necesarias para la autonomía en la vida adulta.
Lo interesante es que la comida aún no había empezado y ya estaban interviniendo múltiples habilidades que raramente asociamos con algo tan simple como sentarse a la mesa, y que pocas veces se trabajan en un contexto de aula o despacho.
Cuando responder a una pregunta no es tan sencillo
Unos minutos después llegó el camarero para tomar nota de la comanda. Entonces se hizo visible la dificultad.
—¿Y usted qué va a pedir?
Silencio.
El camarero esperó unos segundos.
Volvió a preguntar: «disculpe, ¿qué va a comer?»
El chico seguía sin responder.
No porque no hubiera escuchado la pregunta, ni porque no quisiera contestar; tampoco porque fuera maleducado. Simplemente había ruido, mucha gente, su elección no era la que el resto de la mesa esperaba y dudaba.
La situación comenzó a generar cierta incomodidad. El camarero esperaba una respuesta y la interacción parecía haberse detenido. Volvió a insistir. El chico empezó a ponerse nervioso, a murmurar y a gesticular. Finalmente respondió.
La escena apenas duró unos minutos pero muestra una realidad que aparece con frecuencia en muchas personas con TEA y otras dificultades del desarrollo: el mundo social suele exigir respuestas rápidas.
En la vida cotidiana, las personas esperan que decidamos con cierta agilidad, que respondamos cuando nos preguntan y que actuemos dentro de unos tiempos que rara vez se explicitan. Sin embargo, no todas las personas procesan la información al mismo ritmo. Algunas necesitan más tiempo para valorar opciones, organizar sus ideas o reducir la incertidumbre antes de tomar una decisión. Y cuando no disponen de ese tiempo, pueden bloquearse.
El problema es que la vida adulta no siempre concede ese margen. Y cuando la presión aumenta, la dificultad deja de estar únicamente en decidir qué plato pedir. Lo verdaderamente complejo pasa a ser gestionar la situación social que se genera alrededor de esa decisión.
Porque la autonomía en la vida adulta no consiste únicamente en elegir. También implica hacerlo en contextos reales, con personas reales y bajo demandas reales.
Las normas que nadie explica
Una vez llegó la comida aparecieron nuevas dificultades, aunque ninguna de ellas estaba relacionada con el menú ni con la capacidad intelectual. Y, sin embargo, se trata de habilidades que influyen de manera importante en la forma en que una persona es percibida por los demás.
La manera de utilizar los cubiertos, la posición corporal al comer, el uso de la servilleta, el mancharse o no, el respeto por el espacio de otros comensales o determinadas normas básicas de cortesía forman parte de lo que podríamos denominar competencias de adaptación al contexto.
Aprendemos qué resulta adecuado en una comida familiar, en una cafetería, en un restaurante formal o en una reunión de trabajo porque alguien nos lo enseña, porque observamos a otros o porque recibimos feedback cuando nos equivocamos.
En definitiva, son conductas que muchas personas adquieren de manera progresiva a través de la exposición a distintas situaciones naturales y donde la imitación juega un papel importante. Observamos, imitamos y posteriormente, esas conductas se consolidan mediante la práctica y el feedback recibido del entorno, normalmente familiar.
Y aquí conviene hacer una precisión importante: el autismo no implica, por sí mismo, dificultades para utilizar correctamente unos cubiertos, usar una servilleta o mantener unas normas básicas de comportamiento. Lo que sí puede ocurrir es que algunas personas necesiten una enseñanza más explícita, más estructurada o más repetida para adquirir determinadas habilidades sociales y adaptativas, frente a otras personas que las incorporan de manera más intuitiva.
Por este motivo, cuando hablamos de autonomía en personas con TEA, pero también en general, no deberíamos pensar únicamente en habilidades académicas o cognitivas, o habilidades básicas de vestido-desvestido y aseo. La vida adulta exige también comprender que distintos contextos requieren comportamientos diferentes: no nos comportamos igual en una hamburguesería que en un restaurante formal, tampoco actuamos igual con amigos que en una reunión profesional o contexto laboral.
Y aprender a ajustar la conducta a cada situación constituye una de las competencias más relevantes para la participación social, laboral y comunitaria. Porque, aunque pocas veces se mencione, gran parte de nuestras oportunidades futuras dependerán precisamente de esa capacidad de adaptación.
Pagar la cuenta
Pero volvamos al restaurante.
Cuando terminó la comida llegó el momento de pagar. En realidad, el cálculo era sencillo. Cada persona había pedido un menú diferente y no había consumiciones compartidas ni extras que repartir; por tanto, la dificultad no estaba en calcular cuánto había que pagar sino en desenvolverse en una situación cotidiana que exigía tomar decisiones y adaptarse sobre la marcha.
Sin embargo pagar una cuenta implica mucho más que realizar una operación matemática.
En la mayoría de los grupos existen normas implícitas que rara vez se explican de forma explícita. ¿Cada persona paga lo suyo?, ¿se divide entre todos?, ¿se tiene en cuenta que una persona ha consumido más que otra?, ¿qué ocurre si alguien ha pedido vino y los demás no?, ¿y si una persona tiene una situación económica diferente al resto?
La respuesta depende del contexto, de la relación entre las personas, de las costumbres del grupo e incluso de factores culturales.
Y aquí aparece una dificultad especialmente relevante. Estas normas no suelen enseñarse de forma explícita. Tampoco aparecen escritas en ningún sitio. Se aprenden observando, participando en situaciones similares y comprendiendo progresivamente las expectativas sociales de los demás.
Una persona puede decidir no pedir vino porque sabe que el resto no va a hacerlo. Puede ofrecerse a pagar una parte mayor de la cuenta. Puede evitar determinados comentarios porque comprende que, aunque sean ciertos, no aportan nada a la conversación o pueden resultar incómodos para otros. Se trata de pequeños ajustes sociales que la mayoría de las personas realizan de forma casi automática.
Sin embargo, cuando estas claves implícitas no se comprenden con facilidad, desenvolverse en contextos cotidianos puede resultar mucho más complejo de lo que parece desde fuera.
En este caso, mientras se organizaba el pago aparecieron billetes y monedas sobre la mesa. Entonces el camarero indicó que, si se iba a pagar en efectivo, debía hacerse en la barra.
Los chicos se levantaron y se dirigieron hacia allí pero al llegar surgió una nueva modificación de la situación. La persona que atendía la caja consideró que resultaría más sencillo que una sola persona abonara la cuenta y que después se organizara el reparto del dinero.
No era un problema especialmente complejo pero exigía una habilidad que se exige constantemente en la vida adulta: modificar un plan que ya habíamos empezado a ejecutar y adaptarnos a una alternativa propuesta por otra persona.
Una vez resuelto el pago, la camarera hizo una pregunta aparentemente sencilla:
—¿Queréis que os dé cambio?
Y volvió a aparecer el mismo fenómeno que había surgido al pedir la comida.
No hubo respuesta inmediata.
Uno de ellos no había oído bien la pregunta —había mucha gente en el restaurante y tanto ruido impedía que prestara atención. El otro necesitaba tiempo para procesar la situación y decidir qué hacer.
Mientras tanto, otras personas esperaban detrás y algunas observaban la situación con curiosidad o impaciencia.
La interacción seguía en espera pero el entorno asumía que la respuesta debía ser inmediata. De nuevo la pregunta de la camarera, esta vez con algo de impaciencia pues había otros clientes pidiendo consumiciones o reclamando atención.
¿Cómo se resolvió la situación? En este caso la camarera entendió que los chicos tenían alguna dificultad y se prestó a ayudarles, desoyendo las quejas de otros clientes. Pero no siempre ocurre así. A veces las personas no percibimos las dificultades ajenas; otras veces sí las percibimos, pero no disponemos del tiempo, la paciencia o la disposición necesaria para adaptarnos a ellas.
Y desde la perspectiva de los propios jóvenes o personas con dificultades, estas situaciones tampoco son neutras. No se trata únicamente de decidir qué hacer o qué responder. También implica sentirse observado, percibir que los demás esperan una reacción inmediata, comprobar que la interacción se ha detenido por su causa y experimentar la presión de tener que resolver la situación cuanto antes.
Por eso, lo que para la mayoría de las personas constituye una interacción cotidiana y casi automática puede convertirse para otras en una experiencia generadora de tensión, incertidumbre e incluso evitación. No porque no quieran participar en ella, sino porque participar exige un esfuerzo que rara vez resulta visible para quienes observan la escena desde fuera.
Una última escena
La comida había terminado, sin embargo aún apareció una situación especialmente reveladora.
Al salir del restaurante, uno de los jóvenes se detuvo para guardar el dinero. Colocó varios billetes sobre un pequeño muro situado en la calle, apoyó la cartera y comenzó a organizar tranquilamente sus pertenencias.
La escena apenas duró unos segundos pero bastaba una ráfaga de viento, un descuido o una persona con malas intenciones para que la situación hubiera terminado de forma muy diferente.
Aquella escena recordaba una realidad importante. La inteligencia y la autonomía no siempre avanzan al mismo ritmo: una persona puede tener una buena capacidad intelectual, cursar estudios superiores o desenvolverse adecuadamente en muchos ámbitos de su vida y, sin embargo, presentar dificultades para anticipar riesgos cotidianos o valorar determinadas consecuencias prácticas.
Y precisamente por eso la autonomía no puede reducirse únicamente a los conocimientos académicos ni a la capacidad intelectual. La autonomía en la vida adulta implica también anticipar, interpretar el contexto y tomar decisiones ajustadas a las circunstancias.
El problema no era el restaurante
Llegados a este punto conviene detenerse en una cuestión importante. El problema no era el restaurante. Tampoco el menú, ni la comida, ni la cuenta. Lo que aquella situación ponía de manifiesto era algo mucho más amplio: la dificultad de algunas personas con TEA para desenvolverse en contextos sociales cotidianos.
Porque la vida adulta está llena de escenarios similares:
Un camarero que espera una respuesta.
Un compañero de trabajo que hace una pregunta.
Un administrativo que solicita una documentación.
Un responsable que plantea un cambio de última hora.
Un amigo que propone un plan diferente al previsto.
Una pareja que espera que tomemos una decisión.
Una duda que hay que resolver.
En todas estas situaciones aparecen las mismas competencias: tomar decisiones, adaptarse a cambios, responder dentro de unos tiempos socialmente esperados, interpretar qué está ocurriendo, comprender qué esperan los demás de nosotros, gestionar la incertidumbre y resolver pequeños problemas cotidianos. Y hacerlo, además, sin disponer de un manual de instrucciones.
Por este motivo, cuando hablamos de autonomía en personas con TEA, no deberíamos limitarnos a pensar en habilidades domésticas o académicas.
La autonomía en la vida adulta también implica saber participar de forma adecuada en los distintos contextos sociales que forman parte de la vida adulta. Y la capacidad intelectual no juega un papel tan relevante como a veces parece.
Saber comportarse también es una habilidad
A veces existe cierta incomodidad al hablar de este tema. Parece que cualquier referencia a las normas sociales puede interpretarse como una crítica a la persona o una exigencia de uniformidad. Sin embargo, no es eso de lo que estamos hablando.
Las normas sociales cumplen una función: permiten que personas desconocidas compartan espacios, colaboren, trabajen juntas y convivan de forma razonablemente predecible.
Saber esperar el turno para hablar, utilizar adecuadamente los cubiertos, respetar el espacio de otros comensales, responder cuando alguien nos dirige una pregunta o adaptarnos a las características del contexto no son simples formalidades. Son herramientas de participación social. Y, como cualquier otra habilidad, pueden aprenderse, enseñarse y practicarse.
De hecho, muchas de ellas no aparecen de forma espontánea en todas las personas. Algunas requieren observación, otras necesitan enseñanza explícita y otras exigen años de práctica en situaciones reales.
Por eso, cuando trabajamos con personas con autismo, resulta tan importante no limitar los objetivos de intervención únicamente al rendimiento académico ni a lo que se trabaja dentro del despacho o las aulas. Las competencias sociales y adaptativas forman parte del desarrollo, tienen un impacto directo sobre la calidad de vida futura y también se trabajan en situaciones cotidianas.
Cuando pensamos en el futuro solemos pensar en estudios
Cuando una familia imagina el futuro de un hijo suele hacerse preguntas muy comprensibles. ¿Podrá estudiar?, ¿obtendrá una titulación?, ¿encontrará trabajo?, ¿será independiente? Sin embargo, muchas veces las respuestas a esas preguntas no dependen exclusivamente de la capacidad intelectual ni del expediente académico.
La realidad es que para optar a un empleo, y también para conservarlo, se exigen competencias sociales y adaptativas básicas: llegar a una entrevista, conocer y aplicar unas normas básicas de educación social, mantener una conversación, responder a preguntas sencillas, participar en una reunión, pedir ayuda cuando se necesita, aceptar una corrección, adaptarse a cambios organizativos, relacionarse con compañeros y responsables, comprender qué se espera de nosotros en cada contexto.
Lo mismo ocurre en las relaciones de amistad y de pareja. La convivencia se construye sobre miles de pequeñas decisiones, negociaciones y ajustes mutuos que rara vez aparecen en los programas académicos, pero que resultan esenciales para el bienestar y la participación social. Es decir, las relaciones humanas se construyen sobre miles de pequeñas interacciones cotidianas que exigen comprensión social, flexibilidad, reciprocidad y capacidad de adaptación.
Por supuesto, ninguna persona necesita ser perfecta y tampoco existe una única forma correcta de relacionarse. Pero sí es cierto que determinadas competencias facilitan enormemente la participación social, la inclusión laboral y la construcción de una vida adulta más independiente y satisfactoria.
Conclusión
A veces una comida en un restaurante aporta más información sobre la preparación para la vida adulta que muchas horas de evaluación formal.
Porque en apenas una hora aparecen funciones ejecutivas, autonomía, habilidades sociales, adaptación al contexto, manejo del dinero, toma de decisiones, comunicación pragmática, percepción del riesgo y comprensión social.
Y todo ello en una situación que la mayoría de las personas considera completamente rutinaria.
Porque detrás de un menú, una comanda o una cuenta no estamos observando únicamente cómo una persona come. Estamos observando cómo decide, cómo se adapta, cómo se relaciona y cómo afronta las exigencias cotidianas de la vida adulta. Quizá por eso una comida en un restaurante puede enseñarnos tanto.
Y es precisamente en esos pequeños escenarios cotidianos donde se construye gran parte de la autonomía que permitirá, algún día, estudiar, trabajar, mantener relaciones satisfactorias y desarrollar una vida independiente y de calidad.

