¿Jugamos a las cartas?

18/08/2026

Comprensión social y autismo: por qué entender las reglas no siempre implica comprender a las personas.

Cuando los juegos tienen libro de instrucciones, pero las personas no

La escena parece sencilla. Dos niños juegan una partida de cartas. Ambos conocen las reglas, esperan su turno y saben perfectamente qué deben hacer en cada momento. Sin embargo, al observar la partida tenemos la sensación de que no están jugando exactamente al mismo juego, o al menos no lo hacen en las mismas condiciones.

Uno de ellos parece desenvolverse con facilidad. No solo presta atención a las cartas que tiene en la mano, sino también al otro jugador. Observa sus reacciones, anticipa algunas decisiones e interpreta información que no aparece escrita en ninguna parte. Además, se da cuenta de que puede ver las cartas del otro jugador y, como haríamos la mayoría, utiliza esa información para modificar su estrategia.

El otro chico, en cambio, permanece centrado exclusivamente en el juego. Conoce las reglas, las ha aprendido y las sigue con precisión. Sabe cuándo le corresponde jugar y comprende perfectamente qué ocurre sobre la mesa. Sin embargo, algunas claves que para su compañero resultan evidentes parecen pasar completamente inadvertidas. No sospecha que el otro pueda estar viendo sus cartas ni entiende por qué pierde una mano tras otra. Su frustración aumenta porque, desde su punto de vista, está jugando correctamente.

¿Qué está pasando?

Lo interesante de esta escena es que no describe únicamente una partida de cartas. En realidad, ilustra una diferencia fundamental entre los juegos con reglas explícitas y las relaciones humanas.

Cuando aprendemos un juego solemos recibir un conjunto de reglas claras. Sabemos quién participa, qué acciones están permitidas, cuáles no, qué consecuencias tiene cada movimiento y cuál es el objetivo final. Incluso cuando el juego es complejo, existe un reglamento relativamente estable que organiza la situación.

Pero las relaciones sociales funcionan de una forma muy distinta.

Rara vez disponemos de un reglamento. Nadie nos entrega un manual que explique cuándo una persona está siendo irónica, cuándo una crítica pretende ayudar y cuándo pretende hacer daño, cuándo un silencio expresa enfado, tristeza o simplemente cansancio, o qué espera exactamente alguien de nosotros en una situación determinada. Además, estas normas tampoco son fijas. Cada persona expresa el humor, el enfado, la tristeza o el afecto de una manera diferente. Lo que para alguien puede ser una broma, para otra persona puede resultar una ofensa; lo que unos interpretan como una muestra de confianza, otros pueden vivirlo como una falta de respeto. Las relaciones humanas no solo carecen de instrucciones: tampoco tienen reglas universales. Comprenderlas exige interpretar continuamente el contexto, a la persona que tenemos delante y aquello que nunca llega a expresarse de forma explícita.

Gran parte de la interacción humana depende, precisamente, de ese conjunto de normas no escritas, que aprendemos a lo largo del desarrollo y que cambian según el contexto, la relación entre las personas o la situación.

En ningún libro de instrucciones encontraremos indicaciones como: «Asegúrese de que la otra persona no puede ver sus cartas», «Si algo no encaja, pregúntese qué información puede tener el otro jugador» o «Observe la expresión de quien tiene delante; quizá esté indicando que la situación no es exactamente como usted cree».

La mayoría de las personas adquiere estas normas de manera progresiva durante el desarrollo y termina utilizándolas casi sin darse cuenta. No necesitamos que alguien nos explique que debemos desconfiar si el otro jugador parece conocer nuestras cartas. Tampoco solemos necesitar instrucciones para detectar que alguien está bromeando, ocultando información, engañando o reaccionando emocionalmente a lo que ocurre.

Simplemente interpretamos la situación.

Y para hacerlo, nuestra mente genera continuamente hipótesis sobre los demás. Intentamos comprender qué saben, qué desconocen, qué pretenden hacer, qué sienten o por qué actúan de una determinada manera. Lo hacemos con tanta frecuencia y tanta rapidez que apenas somos conscientes del enorme esfuerzo cognitivo que ese proceso requiere.

El problema es que buena parte de nuestra vida cotidiana depende precisamente de estas reglas no escritas. No solo cuando jugamos a las cartas, sino también cuando hacemos amigos, trabajamos en equipo, mantenemos una relación de pareja, negociamos un acuerdo o intentamos comprender por qué alguien ha reaccionado de una forma determinada.

Cuando ese proceso deja de ser automático y exige un análisis consciente, el esfuerzo necesario para desenvolverse socialmente puede aumentar de forma considerable.

El peaje de las personas con autismo y las dificultades en comprensión social

Cuando hablamos de autismo, una de las cuestiones más estudiadas es la forma en que algunas personas interpretan la información social. Determinadas claves implícitas —que la mayoría procesamos de manera casi automática— pueden resultar más difíciles de identificar o interpretar. Conviene recordar que estas dificultades no dependen necesariamente de la inteligencia. Pueden aparecer en personas con capacidad intelectual media, alta o incluso con altas capacidades.

Sin embargo, reducir esta realidad a una simple dificultad para «entender a los demás» sería una simplificación excesiva.

En muchas ocasiones no existe una ausencia de comprensión social, sino una forma diferente de llegar a ella. Allí donde unas personas interpretan una situación de manera prácticamente automática, otras necesitan detenerse a analizarla de forma consciente.

¿Qué ha querido decir exactamente?, ¿por qué ha reaccionado así?, ¿está enfadado o simplemente cansado?, ¿lo ha dicho en serio o estaba bromeando?, ¿es una crítica o un consejo?, ¿está siendo amable o intenta aprovecharse de mí?

La diferencia es que, en las relaciones sociales, no existe un reglamento al que acudir cuando surgen dudas.

Imaginemos una situación cotidiana.

Un adolescente llega a clase y ocupa un asiento libre. Es el lugar donde habitualmente se sienta otro compañero. Nadie le había dicho que aquel asiento estuviera reservado. Tampoco existe ninguna norma escrita que impida sentarse allí. Sin embargo, el resto del grupo comprende inmediatamente lo que acaba de ocurrir. Aparecen miradas, pequeños comentarios y la anticipación de un posible conflicto. Todos parecen conocer una regla que nunca ha sido explicada.

Para muchos adolescentes con autismo esa situación puede resultar mucho menos evidente. No porque sean incapaces de comprenderla cuando alguien se la explica, sino porque la norma existía, aunque nunca había sido formulada de manera explícita. Se daba por hecho que todo el mundo la conocía.

Lo mismo ocurre en muchos otros ámbitos de la vida cotidiana.

En las amistades solemos esperar que la otra persona se dé cuenta de cuándo necesitamos apoyo, cuándo preferimos estar solos o cuándo algo nos ha molestado. Esperamos que interprete silencios, cambios de actitud o pequeños matices emocionales sin necesidad de decirlos. Pero esas expectativas rara vez se expresan de forma abierta.

Cuando una persona no detecta esas señales, los demás pueden interpretar erróneamente que no le importan los sentimientos ajenos, que es egoísta o que carece de empatía. Sin embargo, la realidad suele ser bastante más compleja: en muchas ocasiones el problema no reside en la falta de interés por los demás, sino en la dificultad para acceder a una información que nunca ha sido comunicada de manera explícita.

De hecho, muchas personas con autismo describen una sensación muy parecida: desean comprender a quienes les rodean, pero sienten que los demás juegan una partida cuyas reglas cambian constantemente y de la que nunca recibieron el libro de instrucciones. Y ese proceso tiene un coste.

No suele apreciarse durante una conversación puntual. Tampoco aparece necesariamente cuando la situación está muy estructurada o las normas son claras. Suele manifestarse cuando el contexto es ambiguo, existen dobles sentidos, varias interpretaciones son posibles o alguien espera que comprendamos algo que nunca ha llegado a expresar.

Por este motivo, el verdadero peaje de las personas con TEA no suele ser únicamente social; también es cognitivo y emocional. Porque tener que analizar de forma consciente situaciones que otras personas interpretan casi automáticamente exige un esfuerzo continuo. Incrementa la incertidumbre, consume recursos cognitivos y puede generar una sensación persistente de inseguridad. Parece lógico, entonces, que termine experimentando fatiga, frustración o incluso evitación de determinados contextos sociales.

No porque rechace relacionarse con los demás ni porque prefiera estar sola. Sino porque participar en esas situaciones puede exigir un esfuerzo, que rara vez resulta visible para quienes observan la escena desde fuera.

Más allá de los juegos de mesa

La realidad es que pocas veces nos encontramos frente a una partida de cartas. Sin embargo, todos los días intentamos interpretar intenciones, emociones, expectativas y conocimientos ajenos. Lo hacemos en la familia, con los amigos, en el trabajo, en la pareja y, en definitiva, en cualquier contexto que implique relacionarnos con otras personas.

Las reglas implícitas no desaparecen cuando guardamos la baraja. Al contrario, forman parte de casi todas las situaciones sociales de nuestra vida cotidiana. Y precisamente por eso, muchas personas con autismo desarrollan estrategias extraordinariamente sofisticadas para desenvolverse en ese entorno.

Observan. Analizan. Comparan situaciones. Memorizan patrones. Extraen reglas. Construyen modelos que les permitan anticipar qué comportamiento resulta más adecuado en cada contexto. En cierto modo, donde otras personas parecen desenvolverse de manera intuitiva, ellas necesitan apoyarse con mayor frecuencia en el razonamiento consciente. No es extraño que, después de una conversación, revisen mentalmente lo ocurrido intentando comprender por qué alguien reaccionó de una determinada manera o qué significado tenía realmente una frase aparentemente sencilla.

Con el tiempo pueden llegar a desarrollar un conocimiento social muy amplio. Sin embargo, ese conocimiento suele apoyarse en reglas aprendidas y no siempre resulta fácil aplicarlo cuando la situación cambia o aparece un contexto nuevo.

Porque las personas no funcionan como un reglamento. Las normas sociales cambian según quién participe, el contexto, la cultura, la relación entre los interlocutores o incluso el momento emocional que atraviesan. Una respuesta que hoy resulta adecuada puede no serlo mañana, aunque aparentemente la situación sea la misma.

Y esa es, probablemente, una de las mayores dificultades. No basta con aprender una regla. Es necesario comprender cuándo deja de ser útil y cuándo conviene adaptarla.

Pero no comprender una norma implícita no significa ser incapaz de comprenderla. En muchas ocasiones significa, simplemente, que esa norma necesita una explicación explícita.

Quizá por eso merece la pena volver a la partida con la que comenzábamos este artículo.

En realidad, nunca estuvimos hablando solo de cartas. Estábamos hablando de algo que hacemos todos los días: intentar comprender a las personas. Intentar averiguar qué saben, qué sienten, qué esperan o qué pretenden. Intentar desenvolvernos en un mundo donde muchas de las normas más importantes nunca llegan a escribirse.

Las cartas tienen un reglamento; las personas, no. Y precisamente por eso aprender a relacionarnos con los demás constituye uno de los aprendizajes más complejos del desarrollo humano.

Con frecuencia damos por hecho que todos interpretamos las mismas señales, comprendemos las mismas pistas y llegamos a las mismas conclusiones ante una situación determinada. Sin embargo, la realidad es mucho más diversa.

Para algunas personas, comprender aquello que no se dice exige un esfuerzo considerable. Un esfuerzo que suele pasar desapercibido porque ocurre en silencio y que rara vez deja ver todo el proceso mental que hay detrás.

Quizá esa sea una de las cuestiones más difíciles de comprender sobre el autismo.

Muchas veces vemos a una persona que no ha entendido una broma, que no ha anticipado una intención o que ha interpretado una situación de manera diferente. Pero no vemos la enorme cantidad de información implícita que ha tenido que intentar reconstruir para llegar a esa conclusión.

Por eso, cuando trabajamos con personas con autismo, conviene recordar que las dificultades no siempre aparecen en las reglas del juego.

Con frecuencia aparecen, precisamente, en todo aquello que nunca llegó a escribirse.